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La Coctelera

ANDADURA EN EL CAMINO QUE DESANDAS Y ANDAS SIN CESAR

Categoría: relato

24 Noviembre 2007

Lothe

Lothe, la heroína de tu cuento, se salió de contexto. Asomó su nariz respingona por entre las letras del texto que intentabas escribir.
-Vale que quieras historias-, te dijo con gesto huraño, -pero a mí me dejas en paz, que ya tuve bastante con sufrir ese desgarre, para que ahora vengas a removerlo-, añadió.
La escritora, estupefacta, no encajaba. ¿Cómo era que se intercalaban, en su escrito, palabras que no pensaba?
Dejando el asiento vacío, salió a estirar las piernas, respirando profundamente. Se asomó a la calle viendo las copas de los árboles a sus pies y pensó que el aire las movía al compás de su alma que alborozada se manifestaba.
La locura se adentraría en su mente escritora, copiando a vuela tecla las frases en consonancia con ideas pasajeras que un verbo ocluso a su oído se pronunciaba, acordando todo aquello que ni siquiera pensaba.
Se puso un té en el microondas y acercó a su lengua un caramelo de menta para aplacar la sequedad de la que se sentía incierta.
Pensó, -Lothe es un buen nombre.
Una mujer que con larga túnica se enfrenta al aire que tira hacía atrás su abundante cabellera.
Su pensamiento vuelve a la escollera.
Allí, la dama mirando al mar que embravecido jadea.
Recuerda esa película en que actriz y protagonista mantienen una historia amorosa. No es la misma imagen. Es otra. La arena es húmeda y sus pies horadan sintiendo el salitre que mantiene esa sensación, descargando el alma de dolor.
Ese instante, en ese momento podría pasar al otro lado sin quejarse.
¿Para qué vivir otras vidas si la que recuerda le basta y sobra?
Habla de ella o de su personaje. No sabe.
Nuevamente palabras se interponen reclamando su atención y pidiéndole silencio.
Ella te abrazó en aquella playa. Recuerdas el sabor salitroso que envolvió ese recuerdo. Llovía, pero el fuego candente que en ti bullía era más que suficiente para obviar cualquier inconveniente.
Un pequeño chiringuito. Mesas de madera y las cosas de blanco y azul. Sus ojos, vuelven a ti recuperando esa mirada olvidada. Era en Francia. Mejor dicho la Bretaña francesa. Esa mujer que captaba tu alma, engarzándola en una rosa que tenía mariposas revoloteando a su alrededor.
-¿De quién trata la historia?-, pregunta la protagonista.
-¿No ibas a rememorar mis lances amorosos con aquel muchacho imberbe?- le dice inquisidora.
-Espera, ahora mis recuerdos vivifican, no me hagas descuidarlos que son para mi el pan y el agua de mi hermoso manantial de vida. Acaso desconoces mi objetivo. Busco en mí mi sino. - Añade encarandola con displicencia rotunda.
-Si así es, mejor vuelvo otro día. Entretente en tus quejidos- Le dice dándose la vuelta al otro lado del texto en que nadie sabe si las ideas se pierden o hay juerga entre los signos que esperan su turno.

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23 Noviembre 2007

La música acorde con ellos.


Es temprano, amanece sobre la playa vacía. Un solitario personaje se desplaza decidido, dejando la orilla mojada a su derecha. Su cabeza erguida denota decisión, su porte es impresionante. Su cabello ralo al viento se mezcla, en su movimiento, a las olas que suavemente ondean la arena, depositando conchas mojadas que brillan en un tiempo efímero, cual si fueran gemas exquisitas.

A lo lejos se divisa la presencia de una liviana figura.

En ese instante ella se da la vuelta y marcha en dirección opuesta. Él se queda quieto, expectante.

Un manto gélido y negro lo cubre todo, haciendo desaparecer estas figuras que parecen ser absorbidas por una espesa neblina.

En la escollera alguien mira, observando los movimientos que proceden de la arena que ante sus ojos se extiende, mirando al norte, el sol cae a plomo sobre su espalda proyectando sobre las rocas una sombra desdibujada. Entre tanto unos gatos le acompañan, ronroneando entre sus pantorrillas. Él se pone en cuclillas y con la mano sobre la frente parece que enfoque la mirada a lo lejos apreciando los movimientos que se van yendo. De repente toma empuje y marcha saltando de piedra en piedra, como si en ello le fuera algo que nadie podría adivinar.

Tras los cristales del chiringuito, observas con curiosidad las figuras que componen ese cuadro que a ti se te antoja extraño. Compones un guión de tres en que estableces relaciones posibles.

Ella y él iban al encuentro, pero a lo lejos capta la presencia de quien no debería verlo. Por eso marcha, elude ese encuentro.

Al tiempo, las señales son claras y, a pesar del quiebro, nada es evitable. El drama se pone en marcha.

Has leído tantas historias que al fin no sabes distinguir que en nada se relacionan esos tres personajes, que eres tú quien los haces partícipes de una trama. Por eso escribes un relato que entretenga tu suerte de pintora de vidas ensayadas.

Se sube el telón y ante ti esa escena con un coro de voces, ecos de pensamientos supuestos, los que tu compones. La música acorde con ellos.

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22 Noviembre 2007

Sería otro día

Él atravesó el umbral, sin parar cuenta en que había personas que tomaban huellas y hacían fotografías. Nadie se apercibía de su presencia. Extrañamente pudo llegar al lecho en que ella yacía. Acercándose tomó su mano que helada y blanca caía sobre el suelo entarimado. Una gota de sangre se escurrió por sus dedos introduciéndose en los de ella.

El mundo quedó parado. Ella despertó en sus brazos, envuelta por el humo y el olor que caracterizaba a su amado. Desde el salón llegaron las notas disonantes de un concierto que se repetía sin cesar.

La beso intensamente, haciéndola temblar. De pronto irrumpió en llanto.

La recogió en sus brazos y alzándola la llevó a través del espacio.

Nadie vio, nadie oyó.

Las calles a su paso resplandecían. El aire acariciaba sus cabellos meciéndolos sobre su espalda. Él la amaba y eso bastaba.

¿Era un sueño?

Era el viaje a ese lugar dónde los amantes encuentran su paisaje.

La vida es otra. Las cosas no son. Ellos se aman y con eso basta.

Regresaría a las calles vacías.

Sería otro día.

Ahora entre sus brazos se recogía.

La noche brillaba sobre los tejados.

La luna, mecida en un cielo estrellado, miraba a aquellos amantes que la muerte había olvidado.

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21 Noviembre 2007

Allí la encontró

Aquella noche esperaba la llamada de las doce. Siempre acostumbraba a tomarlo con calma. Encendía un cigarrillo y ponía la música de Bach, de órgano. Se preparaba, pausadamente un té y abría su caja de chocolates rellenos de menta.
Tras los cristales la calle oscura y húmeda. Nadie pasaba, únicamente algún que otro vehículo perdiéndose a lo lejos, en su mirada.
Eran segundos de zozobra.
Si no llamara, se preguntaba mordiéndose el labio inferior.
Deseaba sentir el timbre de su voz. Eso la sosegaba. La noche se llenaría de plácidos sueños tras escuchar sus palabras que, como un susurro en su cuello, la tentaban.
En ese largo instante le recordaba.
Cogidos de la mano. Sus dedos jugueteaban inflamando su alma. Rememoraba su abrazo, su aroma varonil que tanto le embriagaba. Esa mezcla de sabores y olores que sus papilas buscaban, queriendo afirmar el recuerdo de días atrás, en que enredada a sus pies le leía un verso embriagado de deseo por él.
Cerrando los ojos veía las volutas de humo rodeando su torso desnudo cuando, con uno de sus brazos la tomaba en horcajadas para aproximarla besando con vehemencia su cara, haciéndola sentir en lo más profundo de su ser que la vida valía la pena.
Le dolía recordar. Su piel se tensaba.
Pensaba en la posibilidad de que no llamara. Se cansaría, no volvería a ella.
La espera se hacía insoportable. Tanto, que al pasar un minuto de la hora prevista irrumpió en llanto.
...
Sonó el teléfono en la habitación vacía.
Sobre el lecho ella dormía.
Oía ese timbre en la lejanía.
No tenía fuerzas.
No podía arrastrarse a él.
Había ingerido el veneno.
No podría soportarlo.
Por él moría.
...
A la mañana siguiente nadie la vio salir a la hora de costumbre.
La chica, que cada mañana se ocupaba de poner orden en la casa, encontró sobre el suelo del salón un disco pintado con un beso de carmín negro. Eso le extrañó, pero abrió ventanas y empezó su trabajo en la cocina. Le pareció raro que no hubiera rastro de café, pero pensó que no habría tenido tiempo, como en otras ocasiones había sucedido.
Llevaba un par de horas por la casa, cuando entró en el dormitorio, que siempre dejaba para el final de su recorrido.
Allí la encontró.
Aterrada, llamó a las puertas de los vecinos.
Cuando pudo desentenderse, marchó, dejando la puerta abierta.
No se dio cuenta de la presencia de un hombre que, cuando ella entró en el ascensor, se internó en la casa.

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